El DOMUND en el Occidente de hoy

Ángel Manuel García Carmona

La Jornada Misionera Mundial constituye una oportuna circunstancia para tomar conciencia de la urgente necesidad de participar en la misión evangelizadora en la que se encuentran comprometidas las Comunidades locales y tantos Organismos eclesiales y, de modo particular, las Obras Misionales Pontificias y los Institutos Misioneros. Es misión que, además de la oración y del sacrificio, espera también un apoyo material concreto. Una vez más aprovecho la ocasión para subrayar el precioso servicio que realizan las Obras Misionales Pontificias, e invito a todos a apoyarlas con una generosa cooperación espiritual y material.

San Juan Pablo II (Mensaje para el DOMUND, 22 de febrero de 2005)

Hoy, domingo 23 de octubre, festividad del llamado «Apóstol de Bohemia», los católicos celebramos el Domingo Mundial de las Misiones, al que, muy frecuentemente, nos referimos por medio de las siglas DOMUND.

Como es sabido, hablamos de una ocasión anual en la que se reivindica el papel misionero de la Santa Madre Iglesia y se ora por todos aquellos que participan, de una u otra forma, en las misiones, en distintos puntos del orbe.

Es habitual que algunas personas piensen que una misión simplemente es una labor de ayuda en el Tercer Mundo (principalmente África y Oriente Próximo) basada, por ejemplo, en una obra material o en una transferencia distribuida de dinero.

Pero, como concepto, la misión católica es una acción evangelizadora que no solo sigue el compromiso predicador de los Doce Apóstoles, sino ciertos deberes morales de la Ley Divina y la recta conciencia, basados en la entrega al prójimo.

Es por ello que, muchos misioneros, guiados por la buena moral, ya sean laicos o clérigos, se trasladan a lugares no necesariamente próximos donde hacen labores de apostolados e incurren en hechos que nos permiten juzgar y conocer a la persona.

Pueden dinamizar a la infancia, más allá de las meras labores de oración, ayudar a reconstruir alguna escuela o centro cívico, repartir comida, colaborar en alguna reparación de infraestructuras… Una especie de Ora et Labora.

Nada de esto es criticable. Parafraseando cierto versículo de Job, hemos de liberar al pobre de la espada. Nuestra historia puede enorgullecerse de grandes misiones como el Descubrimiento del Nuevo Mundo (cultura, dignidad humana, educación…).

Lo que quiero es recomendar, como uno más en el barro, con humildad, sin arrogancia, un especie de ejercicio de reflexión. Podría hablar de «sacudir conciencias», pero igual suena algo arrogante en estos momentos.

No pido que se rectifique nada de lo anterior. Más bien, pienso que nosotros, católicos occidentales (me refiero a quienes habitamos en Europa y en América del Norte) hemos de aprovecha y reflexionar también a la luz de nuestros problemas.

Contracultura y núcleos de resistencia

Lo que Benedicto XVI denominó «dictadura del relativismo» no deja de ser una realidad en Europa y otros confines occidentales. Estamos en una constante fase de negación, de desprecio hacia la unicidad de la Verdad, de excesivo placer y miedo… 

No se quiere que podamos distinguir entre el Bien y el Mal, lo justo y lo injusto, lo legítimo y lo ilegítimo. La Verdad no es lo que debe de ser de acuerdo a la espontánea fuerza de la naturaleza.

Cualquier cosa puede ser «verdad», ya sea por un lavado de cerebro o porque se confía en la regla de la mayoría, de modo que las valoraciones están sujetas a porcentajes superiores al cincuenta por ciento.

De hecho, el relativismo está avanzando a favor del mal: exterminios de bebés no nacidos, abandono de ancianos, consideración de enfermos como «cargas», irresponsabilidad general, desinterés en la familia y la comunidad orgánica, desprecio progresivo de Dios, etc.

No pocos ámbitos están contaminados por el veneno revolucionario: los medios de comunicación, las instituciones académicas, la mayoría de entornos de trabajo, las asociaciones vecinales…

No es extraño quedar como «un rarito» cuando expresas pública y profundamente tu fe cristiana. Partiendo de ahí, innecesario hablar sobre lo que pasa cuando defiendes, con consistencia, la tradición, la familia y la propiedad.

Con lo cual, aparte de dar ejemplo con el deber ascético de santificación del trabajo, hemos de hacer un esfuerzo, que en realidad no es muy complicado, para hacer apostolado de la Verdad en nuestros entornos más cercanos.

No es necesario tener una sólida y extensa base intelectual teológica, sino de poner de manifiesto esa profesión cotidiana de la fe, del mismo modo que se pueden recomendar películas o comentar resultados de partidos de fútbol.

La apertura comercial como misión

Para nada es malo que una persona bienintencionada quiera tener actos de caridad más allá de su zona de confort. Tampoco pasa nada por otorgar una limosna que no necesariamente tenga que ser un concepto en especie.

Es loable, obviamente, por ejemplificar, cooperar voluntariamente en zonas devastadas o con escasos recursos ingenieriles. Todos agradecemos y agradecimos ser ayudados cuando nos correspondió.

De igual modo, pase lo que pase y cueste lo que cueste, se ha de conseguir, con actitudes correctas, que el Evangelio y la Palabra de Dios sean algo escuchado y sintetizado en distintos puntos del orbe.

Lo que quiero decir, más bien, con la esperanza de que no se me malinterprete en exceso, es que conviene en pensar cómo permitir que, progresivamente, con vistas a un futuro, las sociedades de esos territorios pueden prosperar.

Hablo de permitir porque, en cuestión, se trata de dejar hacer y dejar pasar, para bien. Muchas personas bienintencionadas desean que la pobreza se erradique a nivel global. Todos estamos de acuerdo ahí.

Lo que ocurre es que, en ocasiones, falta formación económica o se parte de un miedo al orden espontáneo, de una confusión del término «capitalismo» (pese a las aclaraciones de la Centesimus Annus).

Se confunde el libertinaje con la sistemática natural propia de los intercambios de bienes y servicios. No se entiende que la prosperidad material no es menos importante en el florecimiento social. No se abstrae que el Estado pretende suplantar a Dios.

También se cree en ocasiones que la mejor manera de promocionar nuestros productos no es pensando en la reinvención la supresión de trabas como los impuestos y los trámites burocráticos, sino autoimponiéndonos gravámenes fiscales llamados «aranceles».

Pero es que, partiendo de que sin propiedad no hay libertad y de que el valor de las cosas no puede ser objetivo ya que no depende de un patrón estático homogéneo, asúmase la importancia de la libertad comercial.

La libertad comercial permite el intercambio de bienes y servicios entre distintos puntos del orbe. Cada cual elige libremente lo que es mejor y quienes operan mal son «castigados por los consumidores».

El dinero es un medio de cambio que permite no solo recompensa, sino generar otras condiciones de prosperidad propia y ajena que resultan de la inversión, el ahorro (pieza clave) y el prudente consumo.

De hecho, el católico ha de partir del principio de universalidad frente a preceptos proteccionistas que pueden venir de los neosoviéticos del Gran Reseteo o de nacionalistas que cobran auge ante la amenaza contra el Estado-nación (que no es para bien).

Con lo cual, ya finalizando, creo que el DOMUND ha de seguir siendo motivo de encomienda, honor y orgullo, pero también una ocasión para la reflexión ante los estragos que sufren las conciencias de una Europa cada vez más secularizada por la satánico-socialista Revolución.

Ángel Manuel García Carmona