¿Tiene sentido hablar de nazismo en ciertas regiones de España?

Ángel Manuel García Carmona

El odio intrínseco a la acción social y política del nacionalismo vasco y catalán sigue siendo algo característico de los mismos. De vez en cuanto, con distinta intensidad, en distintos escenarios, la sociedad tiene que sufrir la opresión de estos movimientos.

Recientemente, en pleno 12 de octubre, se dio un deplorable incidente en Pamplona. La izquierda abertzale se lanzó con agresividad contra una persona que exhibía libre y honrosamente una bandera de España, en la Plaza de la Navarrería (a la vista del rollo del «be-ele-eme» y cosas así, quién lo diría…).

Pero no vamos a profundizar demasiado en ese caso como tal, sino a aprovechar el mismo para hablar sobre una problemática en general y para disertar sobre el sentido que puede seguir teniendo -o no- cierta aseveración crítico-comparativa.

Es habitual llamar «nazis» a los agentes del nacional-catalanismo y del nacionalismo vasco. Es cierto que les puede irritar, ya que el mainstream de los mismos no es «revolucionario a la contra», sino amigo de la izquierda española (no solo en los tiempos del originario Frente Popular).

Pero yo creo que hay que superar cierta duda. Quiero decir que, en verdad, no hablamos de utilizar el juguete del enemigo para combatirle (ellos etiquetan así cualquier discurso contundente que defienda postulados conservadores y partidarios del libre mercado), sino que hay que profundizar.

El nazismo viene de donde viene

En su obra Camino de Servidumbre, el economista austriaco Friedrich August von Hayek hablaba sobre las raíces socialistas del nazismo. Advertía del interés expreso en el socialismo que tenían los gestantes intelectuales del mismo (por ejemplo, Werner Sombart y Johann Plenge) y de la síntesis bismarckiana.

De igual modo, advertía sobre el concepto de colectivismo, dentro del cual encajaba perfectamente el socialismo, entendido como sistemática de planificación centralizada, con distintos grados y modalidades.

Puede hablarse también de una «genealogía de monstruos», en línea con lo estipulado por el profesor Plinio Correa de Oliveira. Pero es que el nazismo no es contrario a los postulados del fenómeno revolucionario que empezó en 1517.

El nacional-socialismo o nazismo aboga por la planificación centralizada de la economía, por la sumisión de los individuos al Estado, por una exaltación del concepto de nación (acepción decimonónica), el control de la propaganda y los medios, la nulidad de la subsidiariedad y el expansionismo geopolítico.

Pese a la entrega cultural a la izquierda

Es cierto que el mainstream del nacionalismo vasco y catalán no tiene un discurso socialmente conservador. Acatan al completo la agenda cultural revolucionaria, del «marxismo cultural»: multiculturalismo, aborto, eutanasia, ideología de género, «religión climática»…

No hay, ni en Cataluña ni en las Provincias Vascongadas, ninguna fuerza política que, pese a ser contraria a la unidad de España o cualquier concepción pro-hispanista, defienda la tradición católica, la familia, la propiedad y el derecho a la vida desde la fecundación hasta la muerte natural.

Hablamos también de regiones donde la profesión de fe católica es mucho más baja que en el resto de España, pese a que provincias como Navarra, Vizcaya, Guipúzcoa, Lérida y Tarragona fueran muy potentes en la defensa del lema «Dios, Patria, Fueros y Rey» (carlismo).

Dígase que, posiblemente, la ausencia de Dios en las regiones que otrora fueron de honda fe sociológica fuese la que diese lugar a una «necesidad» de agarrarse a cualquier cosa, sustentándose así en falsos conceptos de «Nación» a los cuales glorificar.

Pero en verdad hablamos de un movimiento que difícilmente puede confiar en el laissez faire, le monde va de lui même. La imposición lingüística y «nacional» en la que trabajan no puede ser asistida por el orden espontáneo y natural.

Se necesita un Estado muy hipertrofiado, un mecanismo potente de ingeniería social (para adulterar las mentes libres), una censura sistemática y un hábito social de culto a las abstracciones falaces de nación.

Del mismo modo que los nazis teutones señalaban al judío y que la originaria lucha de clases enfrentaba a empresarios y proletarios, estos movimientos periféricos necesitan hablar de «vascos verdaderos», de «verdaderos catalanes», para lo cual es altamente necesario aniquilar el elemento hispánico.

Del mismo modo que el comunismo contemporáneo piensa en el «gobierno global», que el III Reich apostó por anexionarse la integridad del territorio austriaco y que Putin quiere invadir Ucrania, el nacionalismo vasco y catalán busca anexionar otros territorios contra la realidad histórica (además de que no hay mayorías sociológicas que acepten esta anexión).

Con lo cual, puestos a profundizar en el sentido de estas acusaciones de «nazismo», cabe destacar que estos movimientos nacionalistas periféricos no apuestan por la subsidiariedad, la descentralización y la sociedad orgánica cristiana, sino por falacias paganas y expansionistas de clara índole revolucionaria.

Ángel Manuel García Carmona