Chile: profanaciones derivadas de la ideología de la igualdad absoluta

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Dos días después del incendio, visité los escombros de las dos iglesias. Lo que vi en los pedazos de pared que aún estaban en pie fueron mentiras y obscenidades. Leí una consagración a Lucifer, acompañada del número 666. En el lado opuesto, una condena a Jesucristo: "Muere, Nazareno". Un poco más adelante: "Satanás aprueba". Nada más salir de ese espectáculo apocalíptico, me pregunté: ¿Cómo era posible que tantos participaran en esta orgía satánica? ¿De dónde viene esta generación de mis compatriotas? ¿Cómo pudieron ser tan pervertidos? Poco a poco, las respuestas vinieron a la mente...

Por: Juan Antonio Montes Varas de Credo Chile


Aunque nuestra época está en gran parte secularizada, las expresiones de odio satánico siguen siendo raras. El odio a Dios generalmente se disfraza de secularismo frío o indiferencia obstinada, una actitud que parece más acorde con la posmodernidad. Sin embargo, lo que sucedió, a fines de la semana pasada, en Santiago de Chile, es la explosión de un siniestro rugido de odio contra Dios como nunca antes, desde que recuerdo, se había escuchado.  

Las dos históricas iglesias, ubicadas a pocas cuadras del epicentro de las protestas, convocadas para celebrar el primer año de malestar social en este país sudamericano, que en su día fue una isla de prosperidad y paz en la región, se han convertido nuevamente en blanco del odio. Diabólico. Lo repito ya que, hace unos meses, durante disturbios similares provocados por una izquierda cada vez más radicalizada, habían sido severamente destrozados. Este domingo, los dos templos fueron literalmente destruidos. Medios de comunicación internacionales difundieron imágenes de las iglesias en llamas, mientras una multitud de cientos de energúmenos celebraba y aplaudía el derrumbe del campanario de uno de los dos. Escenas que ciertamente podrían haber inspirado a Dante para su descripción del infierno.         

Hoy, dos días después del incendio, visité los escombros de las dos iglesias. Lo que vi en los pedazos de pared que aún estaban en pie fueron mentiras y obscenidades. Leí una consagración a Lucifer, escrita en un latín macarrónico, “In nomine de nostre Satanas Lucifer excelsi”, acompañada del número 666. En el lado opuesto, una condena a Jesucristo: “Muere, Nazareno”. Un poco más adelante: “Satanás aprueba”, en referencia al referéndum para el cambio de Constitución, que tendrá lugar el próximo domingo. Todo aderezado con escritos de denuncias contra el clero, la policía y elogios a la “liberación animal”. Caminando entre las cenizas, observando algunos trozos del Vía Crucis carbonizado, desfigurado, profanado, sentí que asistía a una renovación de la Pasión de Cristo, en medio de un infierno de insolencia y brutalidad.      

Mientras grababa algunas escenas de esa visión, vi a un hombre de modestas condiciones haciendo lo mismo con su teléfono. Me habló consternado: “Aquí bauticé a mis nietos, que Dios los ayude a no volverse así”. Nada más salir de ese espectáculo apocalíptico, me pregunté: ¿cómo era posible que tantos participaran en esta orgía satánica? ¿De dónde viene esta generación de mis compatriotas? ¿Cómo pudieron ser tan pervertidos? Poco a poco, las respuestas vinieron a la mente. Crecieron en un entorno saturado de demandas de igualdad y libertad. Todo había que lograrlo de inmediato y para siempre, según las promesas que les hicieron en las últimas tres décadas, los sucesivos gobiernos de la izquierda socialista.  

Poco después recordé un artículo del profesor Plinio Corrêa de Oliveira, titulado El problema de los 4 hermanos, en el que se argumentaba que para que hubiera caridad entre ellos era necesario que fueran desiguales. De lo contrario, nadie podría haber dado nada a otros, ninguno podría haber recibido nada de otros. La única verdadera fraternidad, de la que nace la caridad, es la fraternidad que deriva de la desigualdad. Estos pirómanos son el resultado de una ideología que exige la igualdad absoluta. Y en esta ideología no hay lugar para la caridad, porque no se puede ejercer. Y decir que no hay lugar para la caridad es decir que no hay lugar para Dios, pues “Deus caritas est”.  

Todas estas ideas se acumularon en mi cabeza en medio de fuertes impresiones y el olor a hollín en mi ropa. Finalmente, me pregunté: ¿Cómo podemos pensar que todos somos hermanos, como dice la última encíclica del Papa Francisco, y, al mismo tiempo, proclamar la total igualdad, como exigen los organismos internacionales? ¿Cómo no ver que de la igualdad absoluta, en la que, por la fuerza, hay que poner en perspectiva el derecho a la propiedad privada para ponerlo en común, nació el espíritu anarquista del que surgió la destrucción de estos templos? ¿No es que el espíritu de rebeldía, destinado a generalizarse cada vez más en la generación que crece entre el abandono de la Fe y las promesas utópicas de igualdad y fraternidad, también crecerá gradualmente?

Llevado por estas reflexiones, me parecía oír, al fondo, el grito desesperado, blasfemo y rebelde: “Non serviam”.

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