Coronavirus: Los jesuitas de Latinoamérica aprovechan la crisis para apostatar del Dios verdadero.

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El Foro Mundial de Davos quiere aprovechar la “oportunidad de oro” del colapso económico post confinamiento para operar un Great Reset del sistema, tornándolo más ecológico, igualitario y global. Los jesuitas latinoamericanos son más ambiciosos: quieren aprovechar la crisis del coronavirus para cambiar de Dios.

El Foro Mundial de Davos quiere aprovechar la “oportunidad de oro” del colapso económico post confinamiento para operar un Great Reset del sistema, tornándolo más ecológico, igualitario y global. Los jesuitas latinoamericanos son más ambiciosos: quieren aprovechar la crisis del coronavirus para cambiar de Dios.

Lo han dejado claro en una revista que la Conferencia de Provinciales en América Latina y el Caribe lanzó al comienzo de la epidemia, llamada Aurora, y que ya publicó cuatro números, con artículos de religiosos de la Compañía y de laicos conectados con ella.

El cambio de paradigma divino se opera, como era de esperarse, en nombre del “discernimiento” ignaciano de la situación. No me extiendo sobre el abuso del concepto, porque los lectores ya han visto a donde conduce su deformación sociológica y relativista en documentos y declaraciones del Papa Francisco y particularmente en el capítulo VIII de Amoris laetitia.

En la actual crisis, se trataría de discernir, en clave profética, el paso de Dios por la humanidad contaminada de Covid-19, para saber aprovechar este momento “como un kairós (tiempo de gracia) capaz de engendrar una nueva Iglesia (sic), una nueva sociedad y una nueva humanidad (resic)”, como añora el P. Ignacio Blasco S.J. en su artículo titulado: “¿Dónde llama Dios en la pandemia?”i

Dios no llama a la conversión del pecado. Porque eso supondría una imagen completamente deformada de Dios (el arzobispo de Milán diría que es una imagen “pagana”), lo que obliga a “Discernir una fe desbordada por el terror”, título de un artículo el P. Pablo Mella S.J. en el segundo número de la revista.

Por el contrario, hay que rechazar con energía “la primera tentación que tenemos en estos tiempos de pandemia que nos aterroriza” y que consiste en “considerar a Dios como un ser sádico”, el “archiconocido Dios castigador, el que esperaba Juan el Bautista (Lc 3,7) y al cual se opuso Jesús” (sic). (El versículo del Evangelio de S. Lucas relata lo que el Precursor decía a aquellos que venían a recibir de sus manos un bautismo de conversión: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir del castigo inminente?”)

“Según esta concepción muy extendida, que podría encontrar eco en muchos pasajes del Antiguo Testamento”, lamenta el P. Mella, “Dios ha mandado el coronavirus para castigar a la humanidad por sus pecados”. Su objetivo sería “humillar al ser humano para que vuelva su corazón hacia Dios”.

¡Qué absurdo imaginar un tal Dios! Nadie debería entonar el “Parce Domine, parce populo tuo ut non in aeternum irascaris nobis” que resonó el 27 de marzo delante del Cristo milagroso de la peste de 1522, durante la bendición Urbi et Orbi ante una Plaza de San Pedro vacía!

Porque un tal Dios castigador “tiene como trasfondo un ser celoso, egocéntrico y distante”, que desde su trono celestial envía molestias “para mostrar a la humanidad que es él [minúscula del original] quien tiene el poder absoluto y que lo ejerce como le viene en gana, sin rendir cuentas a nadie”. Un tal “dios” (siempre con minúscula) “no dialoga, escarmienta maquiavélicamente y ejecuta justicieramente sin parpadear”, ya que “este ser frío y resentido no mira con cariño ni compasión a una humanidad perdida”. A este “Dios sádico” (ahora con mayúscula) “hay que repetirle machaconamente que tenga piedad, porque de no hacerlo se corre el riesgo de padecer una nueva versión de las plagas de Egipto a escala planetaria”ii.

Nadie vaya a pensar que el P. Mella se está refiriendo a Huitzilopochtli (el dios Sol) o algún otro ídolo mesoamericano al cual se sacrificaban repetidamente víctimas humanas. Nuestro jesuita es cura párroco de Santa María de Chiquimulas, en Guatemala, y, como misionero aggiornato, desarrolla una pastoral inculturada que sabe valorizar las semillas que el Espíritu sembró en aquellas tierras antes del genocidio cultural perpetrado por los misioneros españoles.

Además, una presentación tan negativa de Huitzilopochtli le acarrearía problemas con el P. Eleazar López, sacerdote mesoamericano y autoproclamado “partero” de la Teología India, invitado como perito al reciente Sínodo Pan Amazónico. Don Eleazar justifica tales sacrificios humanos, con una analogía conmovedora: “Si Dios [el Sol] muere a diario para darnos vida, nosotros debemos estar dispuestos a morir con Él para dar vida al pueblo”. En todo caso, la mención explícita de las plagas de Egipto comprueba que el P. Mella tiene en mente al Dios Moisés, poco ameno con los perseguidores de Israel.

Para rescatarnos de esa imagen deprimente de un Dios “sádico”, la Compañía nos envía el P. Fernando López S.J., quien nos granjea con su artículo “DIOS-MADRE que nos pare y AMAMANTA” [las mayúsculas son del original; la fotografía al lado fue censurada por nosotros].

En estos tiempos de pandemia, en que el paradigma de la revolución industrial y de la modernidad se ha agotado, según nos explica el autor, misionero itinerante en la triple frontera amazónica de Bolivia-Perú-Brasil, la reciprocidad y la complementariedad cósmica aportan nuevas visiones. Éstas, por su vez, “nos llevan a nuevas imágenes y comprensiones de nosotros mismos, de los otros seres y del propio misterio de la vida y de Dios”. Nada nuevo bajo el sol: se trata de una aplicación de la añeja concepción modernista de una Revelación divina permanente a través de la historia.

Tal conversión es indispensable, porque “los seres humanos somos la especie más depredadora del planeta” y “si no cambiamos de paradigma por sabiduría, Gaia nos va a obligar a hacerlo por biología, que es más doloroso”. O sea que Dios no puede castigar, pero la Pachamama sí puede; pero, ¡atención!, lo hace en defensa propia y quien lo dice es nadie menos que el patriarca de la Teología de la Liberación: “La pandemia del COVID-19 es, en palabras de L[eonardo] Boff, ‘Coronavirus: autodefensa de la propia Tierra’ ”, cita beatamente su discípulo jesuita.

Para incitarnos a cambiar de paradigma divino llevados por el impulso de la sabiduría (obviamente aquella, admirable, de los pueblos aborígenes) el P. López S.J. nos relata su propia conversión a “una nueva imagen de Dios”, que él fue profundizando y a la que le reza todos los días: “Es la de la mujer Awá-Guajá amamantando una cría de jabalí”. La escena inspiradora se dio por primera vez en 1989, en Paraguay, cuando él todavía era un novicio jesuita:

“Una mamá Ache llevaba un niño pequeño en su redecilla lateral (tipoya) y un cántaro en la cabeza para buscar agua en el río. La seguían cuatro simpáticas crías de jabalí. La escena me cautivó, era preciosa, idílica. A la vuelta, la mujer, dejó su cántaro con agua en el suelo y se arrodilló para amamantar a los jabatos que gruñían disputando el pecho de su mamá Ache. Mi exclamación espontánea fue – y siento vergüenza de recordarla: ‘¡Qué salvajes son!’ Después de más de treinta años compartiendo la vida con distintos pueblos indígenas, donde esa escena se repite cotidianamente, afirmo, agradecido y sin vergüenza, que el ‘salvaje soy yo’, que ‘los salvajes somos nosotros’ que hemos roto y no comprendemos esa relación íntima y cuidadosa, recíproca y complementaria en la que fuimos creados”.

Talvez pensando en lectores europeos, ignorantes de la amenidad del territorio y de la fauna de la Amazonia y además deformados por la racionalidad greco-latina, el P. López S.J. les ofrece una analogía con el mundo de la ciencia, con el cual están más familiarizados. “La física clásica y determinista nos da una imagen de mundo ‘mecánico’, exacto, un mundo ‘reloj’ y un ‘Dios-Relojero-Controlador’ ”. Por el contrario, “la física cuántica, nos acerca a un mundo profundamente conectado e interrelacionado, más dinámico e interactivo, creativo y generativo, donde no todo está controlado (principio de indeterminación) y hay espacio para las sorpresas, para la libertad y el amor”, como en las selvas amazónicas.

De esa “interconexión” emerge necesariamente un concepto distinto de la divinidad. Al contrario del Dios-Relojero-Controlador – el “Dios sádico” de las plagas de Egipto, diría su cofrade Mella S.J. – la Teología Cuántica (sic) nos ofrece, según el P. López S.J., una nueva imagen de la Trinidad: “MADRE-AMANTE-AMIGO”. (¿La versión bíblica del Padre, Hijo y Espíritu Santo sería, a sus ojos, excesivamente machista, patriarcal y autoritaria?).

El libro inspirado que nuestro misionero jesuita itinerante cita con devoción, para explicar su nueva imagen del misterio trinitario, es Teología Cuántica: Implicaciones espirituales de la nueva física, cuyo autor sagrado es el P. Diarmuid O’Murchu, un miembro irlandés de la Orden de los Misioneros del Sagrado Corazón, formado en Psicología Social y activo en el área del asesoramiento de parejas y en programas de Desarrollo de Fe Adulta. De esa obra, publicada originalmente en 1996 y revisada en 2004, el P. López S.J. extrae la siguiente citación:

“Dios-Madre ‘da a luz’ al mundo (universo) por medio de su auto-expresión divina, el mundo es el ‘cuerpo de Dios’. Dios, como Madre, implica una generosidad cósmica que da vida a todo ser sin pensar en una devolución, y continúa participando en el sueño de posibilidad abierta que se va desplegando – de ahí la noción de un seno prodigioso. Una mujer ferozmente protectora, para quien la pasión y la justicia son muy importantes, una mujer que se pone furiosa cuando sus descendientes (su propio cuerpo) están privados de lo básico esencial, como el amor, el cuidado y la justicia”iii.

Para el P. O’Murchu, la creación no sería una obra de Dios ex nihilo ad extra, sino la emanación de un principio o una realidad primaria, como postula la doctrina gnóstica del emanantismo, según la cual todos los seres, inclusive el alma humana, serían una emanación de la propia divinidad, formando lo que Diarmuid O’Murchu llama de “cuerpo de Dios”, en el cual, obviamente, todo está conectado.

Es de esa interconexión que emerge un concepto supuestamente femenino de Dios, diametralmente opuesto a Aquel que, en la zarza ardiente, se presentó a Moisés afirmando su alteridad y trascendencia, diciendo: “Yo soy el que soy” (Ex 3, 14). Según el P. López S.J., “la imagen de la mujer Ava Guajá habla fuerte en muchos sentidos”: ella está desnuda, a la intemperie y con una rodilla en tierra, en actitud de respeto profundo frente al misterio de la vida, adaptándose al más vulnerable, en este caso el jabato. El niño, por su vez, “no disputa con su ‘hermano de leche’ el precioso manjar”.

Ese compartir de lo más sagrado, la leche materna, “forma parte de la experiencia educativa cotidiana de los pueblos indígenas”, por la que aprenden “a ser cuidadosos en sus relaciones de cuidado, de reciprocidad y solidaridad, con todos los seres con los que hacemos comunidad en el misterioso y precioso Río de la Vida” (otro concepto claramente “emanacionista”).

Un principio “de reciprocidad esencial, conexión universal y de origen y finalidad común” (¿panteismo?) que, según el P. López S.J., “está profundamente arraigado en los pueblos indígenas” y especialmente en “aquellos que tienen menos contacto con la cultura occidental envolvente”. Si cuidan de la Casa Común es porque “ellos, en sus cosmovisiones y saberes tienen proyectos ancestrales de ‘Buen-Vivir’, ‘Buen-Convivir’ y ‘Buen-Cuidar’ de todos los seres del universo, visibles-invisibles, vivos, muertos, materiales-espirituales…, sin dicotomías”, nos explica el jesuita misionero, usando una retórica que es moneda corriente en el hinduismo y el budismo, así como en los círculos esotéricos de la cábala y el sufismo.

La conversión ambiental no se limita, por lo tanto, a sus aspectos materiales, como sería el disminuir los padrones de consumo o hacer la recogida selectiva de la basura. Ella exige una conversión espiritual, cuyo camino ya fue indicado por el P. Pierre Teilhard de Chardin S.J., según Mauricio López Oropeza, secretario ejecutivo de la Red Pan Amazónica, la entidad que organizó el Sínodo Panamazónico y el culto a la Pachamama en los jardines del Vaticano.

El mismo número 4 de la revista Aurora, publicó un artículo suyo bajo el título “¿Nuevos caminos para la conversión ambiental en un mundo en crisis? Claves para el discernimiento”, proponiendo un “camino de conversión espiritual” siguiendo las “claves de Teilhard de Chardin”. La inspiración en el famoso antropólogo jesuita viene de suyo, puesto que el Sr. López, antes de sus responsabilidades en la REPAM, era el presidente de la Comunidad Mundial de Vida Cristiana, un grupo laico inspirado en la espiritualidad ignaciana.

La primera clave teilhardiana es lo que el Sr. López llama la “mística Encarnatoria”. Ella se condensa en la famosa frase del jesuita francés, que concibe cada hombre como una centella divina: “No somos seres humanos teniendo una experiencia espiritual, somos seres espirituales teniendo una experiencia humana”. Todos nosotros somos, de alguna manera, verbos encarnados de Dios. Pero no sólo la humanidad, sino todos los seres, porque, como asegura el Sr. López, “la comunión con la creación tiene sentido en el ser humano por el hecho mismo de su origen y su destino”.

Le sigue una clave de “interconexión plena”, consecuencia ineludible de la anterior: “Cuanto más penetramos en lejanía y profundidad en la Materia, tanto más nos confunde la inter-relación de sus partes. Cada elemento del cosmos está positivamente entretejido con todos los demás. Es imposible romper esta red. Imposible aislar una sola de sus piezas sin que se deshilache toda ella. El Universo se sostiene por su conjunto”.

Una interconexión que obviamente culmina – y esa es la tercera clave – en el “amor total para una comunión con todo lo creado”: “Poder decirle literalmente a Dios que uno lo ama no solamente con todo su cuerpo, con todo su corazón, con toda su alma, sino con todo el Universo en vías de unificación: he aquí una oración que no puede hacerse más que en el seno del espacio-tiempo”. Eso es lógico, porque al final de la Evolución no hay a quien rezar: todos los seres se habrán divinizado, re-fundiéndose en el Uno original, como aspiraba Teilhard en uno de sus últimos escritos, precavidamente no citado por el Sr Mauricio López en su artículo: “La Tierra puede, esta vez, apoderarse de mí con sus brazos gigantes. Ella puede hincharme con su vida o recuperarme en su polvo. […] ¡Sus hechizos ya no pueden dañarme, ya que se ha convertido para mí, más allá de sí misma, en el Cuerpo del que es y del que viene! El Medio Divino!”iv.

“Una esperanza cósmica universal”, concluye el secretario ejecutivo de la REPAM, “es la única que nos puede ayudar a salir de esta crisis en este lugar y en este momento”.

Esa esperanza cósmica de reunificación universal – contraria a la esperanza cristiana que aspira a la visión de Dios “cara a cara” (1 Cor 13,12), por lo tanto, sin fundirse con Él – ha sido siempre la falsa esperanza de una redención de la contingencia y del pecado por un conocimiento esotérico. Es la ilusión que ha alimentado todas las corrientes gnósticas desde los libros herméticos hasta La Conspiración de Acuario, el libro cabecera de los adeptos del New Age, pasando por los neoplatónicos, la cábala, Marsilio Ficino, Jacob Böhme, Henri Bergson y tantos otros, hasta infiltrarse en la Iglesia Católica a través del Modernismo.

Al parecer, esa es la esperanza que pasó a animar a la gran mayoría de los religiosos de la Compañía de Jesús, desde que ella se transformó en la correa de transmisión de las elucubraciones místico-evolucionistas de Pierre Teilhard de Chardin S.J. y de su formulación teológico-filosófica en los escritos de Karl Rahner S.J., finamente analizados por Stefano Fontana en sus libros La Nueva Iglesia de Karl Rahner e Iglesia gnóstica y secularización.

No hay duda de que estamos delante de una verdadera apostasía. Aquella que el Cardenal Walter Brandmüller denunció en su crítica al Instrumentum laboris del Sínodo para la región panamazónica, diciendo que “utiliza una noción puramente imanentista de la religión”.

Tenemos serias razones para dudar que el actual Prepósito General de la Compañía de Jesús, el P. Arturo Sosa Abascal S.J., tome alguna medida contra los autores aquí citados y contra la Conferencia de Provinciales en América Latina y el Caribe, responsable editorial de la revista Aurora. Tanto más cuanto esa revista está siendo producida por Abediciones, editora de la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela), alma mater del P. Sosa y de la cual fue profesor y miembro del Consejo Fundacional.

Tampoco alentamos esperanzas de una corrección paterna de parte del primer papa jesuita, cuya proximidad con la Compañía trasparece en todos sus viajes, nunca omitiendo un encuentro con sus antiguos hermanos de religión. No por acaso los redactores del primer documento preparatorio del Sínodo de Amazonía describieron la frase “todo está conectado” de la Laudato Si’ como “el mantra del Papa Francisco”…

De hecho, en esta encíclica – que seremos obligados a celebrar durante los próximos siete años, ¡vaya humildad! – el Papa no sólo trae a colación Teilhard de Chardin, sino que lleva la osadía hasta el punto de citar Ali al-Khawas, un maestro sufi (la corriente gnóstico-panteísta del Islam), quien “desde su propia experiencia”, nos dice el pontífice, “también destacaba la necesidad de no separar demasiado las criaturas del mundo de la experiencia de Dios en el interior”.

¿Y cuál es la cita de Ali al-Khawas escogida por Francisco?: “Hay un secreto sutil en cada uno de los movimientos y sonidos de este mundo. Los iniciados llegan a captar lo que dicen el viento que sopla, los árboles que se doblan, el agua que corre, etc.”

La conversión ecológica integral desembocaría, entonces, en una iniciación… ¡Bienvenidos a la nueva Compañía, que habría dejado de ser de Jesús!

Quomodo obscuratum est aurum! El baluarte de la Iglesia contra la conjuración anticristiana se ha transformado, por lo menos en su importante área latino-americana, en la punta de lanza de la Revolución en su aspecto religioso más tenebroso: el destronamiento del Dios creador del cielo y de la tierra y su substitución por su caricatura gnóstica de una energía divina encarnada.

Paradojalmente, los católicos que admiramos la obra de San Ignacio y queremos ser fieles a su espíritu nos vemos forzados a repetir, con dolor en el alma, la recomendación que los libertinos del siglo XVII daban a sus seguidores, aunque sin el espíritu satírico que animaba el Canticum jesuiticum: “O vos qui cum Jesu ites, non ite cum jesuitis”.

[i]Aurora, n° 4, p. 13.

[ii] Aurora n°2, p. 37

[iii]DiarmuidO´Murchu (2024): Teología Cuántica – Implicaciones espirituales de la nueva física. Ed. Abya Yala, Quito, p. 219

[iv]Le Milieu Divin: essai de vie intérieure, Paris, Éd. du Seuil, 1957, p. 186-187.

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