¿Deberíamos pedir a nuestros párrocos que reabran las iglesias?

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En vista de las limitaciones del contacto social impuestas con respecto a la pandemia del coronavirus, le pregunto al ilustre sacerdote si la actitud radical de cerrar las iglesias puede considerarse correcta. ¿Deberíamos entonces buscar a nuestros párrocos para que reabran las iglesias?

Palabra del sacerdote, por el Padre David Francisquini

-Pregunta: “en vista de las limitaciones del contacto social impuestas con respecto a la pandemia del coronavirus, le pregunto al ilustre sacerdote si la actitud radical de cerrar las iglesias puede considerarse correcta. Entiendo que debemos evitar las aglomeraciones, por supuesto; pero es incomprensible, al menos para mí, impedirnos rezar nuestras oraciones en las iglesias. ¿Qué enseña sobre esto la doctrina católica? ¿Deberíamos buscar a nuestros párrocos para que reabran las iglesias?”

-Respuesta: espero que al publicar esta respuesta, ya haya sido superada la crisis de salud causada por el coronavirus, -llamado por muchos como el “virus chino”, por la irresponsabilidad con la que los dictadores comunistas reaccionaron a su brote- y Brasil no haya sido empujado a una crisis económica y social aún peor que la actual. Pero no es seguro confiar en esta posibilidad, pues puede ser que dentro de unas semanas las iglesias aún estén cerradas, con las celebraciones litúrgicas públicas prohibidas por las autoridades eclesiásticas, como lo fueron durante la Semana Santa, ¡por primera vez desde la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo!

En el asunto planteado por nuestro corresponsal, los católicos se han dividido en tres grupos: aquellos que consideran el combate del virus como algo exclusivamente humano, y la parte sobrenatural no tiene ningún papel que desempeñar (para estos, los milagros serían meras supersticiones); aquellos que desaprueban las restricciones a la apertura de iglesias y el culto público, pero que se basan solo en el hecho de que las celebraciones litúrgicas favorecen la solidaridad horizontal, útil en tiempos difíciles; y finalmente católicos con verdadera fe, para quienes la parte principal de la lucha contra las epidemias y contagios se lleva a cabo en el cielo, ante el trono de la Divina Majestad.

Para este último, incluido yo mismo, la crisis del coronavirus no es solo un desafío para la salud, sino sobre todo una prueba de fidelidad a los valores más trascendentes de la religión, la civilización y la humanidad. Es por eso que los esfuerzos, a veces heroicos, realizados por médicos y personal de salud han sido merecidamente aplaudidos en todo el mundo. Impulsados ​​por un deber moral y ante el peligro de contagio, imponen una obligación a sus propias conciencias de dedicarse a los enfermos. De su actitud emerge el reconocimiento implícito de la existencia de principios morales superiores y objetivos, que deben guiar la vida de los hombres y moldear la vida social y las instituciones públicas.

Dos sacerdotes rezan el Vía Crucis en la soledad de la iglesia vacía.

Desafío que vincula la salud física con la salud moral

La vida en sociedad, comenzando con la vida familiar, no apunta solo a proporcionar bienes de naturaleza material o temporal, sino principalmente para conseguir bienes superiores, con primacía los relacionados con la religión.

Desde las primeras manifestaciones del coronavirus, lo que más se ha destacado ha sido la salúd, una palabra que proviene del latín salus y significa salud, tanto en su sentido sanitario como religioso: la salvación. Ambos significados están interconectados, como señaló el obispo de Trieste, Mons. Gianpaolo Crepaldi, al recordar que en los individuos y las sociedades el desafío a la salud física está estrechamente relacionado con el desafío a la salud moral. Por lo tanto, la respuesta al coronavirus no puede ser solo técnico-científica, sino que también debe ser moral y religiosa.

Desde este punto de vista, el cardenal Raymond Leo Burke dio valiosas indicaciones que sirven de base para una respuesta bien calibrada a la pregunta de nuestro escritor. El cardenal dijo que “ciertamente lo hacemos bien, aprendiendo y utilizando todos los medios naturales para defendernos del contagio”, siempre que estos medios no nos impidan obtener lo que “necesitamos para vivir; por ejemplo, acceso a alimentos, agua y medicinas”. Pero agrega que, “al evaluar lo que es necesario para vivir, no debemos olvidar que nuestra primera consideración es nuestra relación con Dios“; ni olvidemos también que “nuestra arma más efectiva, por lo tanto, es nuestra relación con Jesucristo Nuestro Señor, a través de la oración, la penitencia, las devociones privadas y la Sagrada Liturgia”.

Por lo tanto, “es esencial para nosotros en todo momento, y especialmente en tiempos de crisis, tener acceso a nuestras iglesias y capillas, a los sacramentos, a las devociones y oraciones públicas”. También es necesario rechazar la “tendencia a ver la oración, los actos de devoción y adoración como cualquier otra actividad no esencial […] y, por lo tanto, se puede cancelar para tomar precauciones y contener la propagación del contagio mortal”.

Por el contrario, “la oración, los actos de devoción y adoración, y sobre todo la Confesión y la Santa Misa, son esenciales para que podamos mantenernos sanos y fuertes espiritualmente, y para buscar la ayuda de Dios en un momento de gran peligro para todos. Por lo tanto, no podemos aceptar indiscriminadamente las determinaciones de los gobiernos civiles, que tratarían el culto a Dios de la misma manera que ir a un restaurante o a una competencia deportiva”.

La familia ve actos de Semana Santa en televisión

Necesidad de rezar y rendir culto a Dios en las iglesias

En una actitud radicalmente opuesta a la asumida por la mayoría de los obispos en todo el mundo, el cardenal Burke proclamó enérgicamente que “nosotros, obispos y sacerdotes, debemos reclamar públicamente la necesidad de que los católicos recen y adoren en iglesias y capillas, para continuar en procesión por la calles y caminos, pidiendo la bendición de Dios para su pueblo que sufre tanto. Necesitamos insistir en que las regulaciones estatales, por propio bien del estado, reconozcan la debida importancia de los lugares de culto”.

En vista de las circunstancias especiales de la crisis de salud, el prelado insiste en que “debemos poder ofrecer más oportunidades para la Santa Misa y las devociones en las que puedan participar varios fieles, sin violar las precauciones necesarias para evitar la propagación del contagio. Muchas de nuestras iglesias y capillas son muy grandes, por lo que permiten que un grupo de fieles se reúnan para rezar y adorar a Dios sin violar los requisitos de ‘distancia social’. El confesionario, con la pantalla tradicional, generalmente está equipado con un velo delgado; y si no lo tiene, puede colocarse fácilmente, además de tratarse con desinfectante, de modo que el acceso al Sacramento de la Confesión sea posible sin mayores dificultades o el riesgo de transmitir el virus”.

Quejándose de las restricciones impuestas por los obispos a los fieles, a veces antes de las autoridades civiles e imponiendo normas más estrictas que las promulgadas por estas, el obispo Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná, Kazajstán, declaró que “estos obispos reaccionaron más como burócratas civiles que como pastores. Al concentrarse exclusivamente en todas las medidas de protección higiénica, perdieron su visión sobrenatural y abandonaron la primacía del bien eterno de las almas. […] Las mismas medidas de protección higiénica podrían garantizarse en las iglesias, y aún mejor”. Y también es posible “limitar el número de participantes, compensando esta limitación con el aumento del número de Misas diarias”.

La ley suprema en la Iglesia es la salvación de las almas.

Habrían mecanismos fáciles para administrar el Sacramento de la Confesión sin grandes dificultades o riesgos de transmitir el virus

¡Algunos obispos estadounidenses llegaron al extremo de prohibir a sus sacerdotes escuchar a los fieles en confesión! En vista de tales decretos episcopales de este tipo, el obispo Schneider afirmó que “si un sacerdote observa razonablemente todas las precauciones sanitarias necesarias y es discreto, no debe obedecer las pautas de su obispo o del gobierno con respecto a la suspensión de la misa para los fieles. Tales pautas son leyes puramente humanas; sin embargo, la ley suprema en la Iglesia es la salvación de las almas”. Y también advirtió que “Cristo no le dio al obispo el poder de prohibir que un sacerdote visite a los enfermos y los moribundos”. A este respecto, debe tenerse en cuenta que cuando hay un punto muerto entre obedecer a la autoridad sanitaria y cumplir con las obligaciones serias que surgen de la curación de las almas, debemos obedecer a Dios en lugar de a los hombres. Nuestro Señor Jesucristo nos dio un brillante ejemplo al permanecer en Jerusalén sin el conocimiento de sus padres. Cuando se le preguntó, respondió: “¿Por qué me estabas buscando? ¿No sabías que debo ocuparme de las cosas de mi padre? (Lc 2,49).

Para el obispo Atanasio, no es suficiente garantizar la atención pastoral de los fieles, también es necesario honrar a Dios e implorar su protección; y aún más, pedir el fin de la plaga: “se podría recomendar a los obispos y sacerdotes que recorran regularmente sus ciudades, pueblos y aldeas con el Santísimo Sacramento en la custodia, acompañados por un pequeño número de clérigos o fieles (unos dos o tres), de acuerdo con las regulaciones gubernamentales”.

Muchas autoridades religiosas no juzgan la situación desde el punto de vista de la vida eterna. Según el P. Giulio Meiattini (monje benedictino de la abadía de la Madonna della Scala, en Noci, Italia, y profesor del Pontificio Ateneo San Anselmo, en Roma), lo más triste es que “los hombres de la Iglesia han olvidado que la gracia de Dios vale más que vida presente. Es por eso que las iglesias están cerradas, y nos alineamos de acuerdo con criterios sanitarios e higiénicos. La Iglesia se transforma así en una agencia de salud, en vez de un lugar de salvación. […] Pensar que es posible escapar [del coronavirus] solo con la ciencia humana es cerrar las puertas a la ayuda de Dios. Es confiar en el hombre, en lugar de confiar en Dios”.

Aumentar los actos de piedad en el momento de las plagas

¿Cómo se debe pedir la ayuda de Dios para detener una pandemia? Sin duda, el medio más poderoso es la Santa Misa, que renueva el Sacrificio de la Cruz de una manera indescriptible, y aplica sus frutos a nuestras necesidades y a las almas del Purgatorio. Es por eso que la celebración pública de la misa y las procesiones eucarísticas nunca se interrumpieron durante las plagas y las guerras. Por el contrario, se incrementaron, con el debido respeto a los requisitos sanitarios.

Concluyo mi respuesta respaldando el comentario hecho al comienzo de la crisis por el obispo Pascal Rolland, obispo de la diócesis de Bellay-Ars: “Debemos recordar que, en situaciones mucho más graves, (las de las grandes plagas del pasado, cuando los medios sanitarios no eran los medios sanitarios de hoy) las poblaciones cristianas fueron ilustradas por manifestaciones de oración colectiva, así como por ayudar a los enfermos, a los moribundos y enterrar a los muertos. En resumen, los discípulos de Cristo no se apartaron de Dios ni se escondieron de sus semejantes. ¡Al contrario!”.

En cuanto a la iniciativa de buscar a los párrocos para que abran las iglesias, los feligreses tienen este derecho, y los argumentos presentados anteriormente parecen suficientes.

En las calamidades, lo que debe hacerse es imitar a Nuestra Señora, que permaneció de pie junto a la Cruz, en la cima del Calvario.

 

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3 thoughts on “¿Deberíamos pedir a nuestros párrocos que reabran las iglesias?

  1. Desde cuando la iglesia se ha sometido a las leyes civiles. Son entidades autónomas, se cumplen las, leyes de estado siempre y cuando no sobrepase su juristicion. Someter a la iglesia a riesgo de la vida y salud espiritual? Donde están las eminencias de la iglesia? DAR AL CESAR LO QUE ES DEL CESAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS. O es que hay otros intereses oncuros en Nuestra Amada iglesia???!!!!!!! Primero Dios que un gobierno. ARRIBA DE DIOS NADIE. Pobres clérigos, el Señor los perdone

  2. Opino que las iglesias deben ser abiertas con los protocolos que exige esta situación. Se sabe que la mayoría de templos católicos son unas bellas y grandes iglesias, con suficiente espacio y buenos portales de ingreso/salida de los feligreses, dónde está el problema?. Dónde los argumentos de peso y valor que aduce el gobierno?… si los supermercados que son sitios también amplios están en funcionamiento, pese que en un momento dado y en varios momentos, se tropieza uno con las demás personas porque el objetivo es el mismo: MERCAR, ABASTECERNOS DE ALIMENTOS, y estamos en movimiento constante dentro del mismo; las puertas de ingreso/salida de los supermercados no superan las de las iglesias, cada uno llega y se sitúa en la parte indicada por el protocolo y listo…hay menos peligro de contagio en la Iglesia Católica que en el Supermercado.
    Ahora sobre la Comunión en la mano, no estoy de acuerdo, si el protocolo exige “lavarse las manos con mucha frecuencia” porqué los sacerdotes (algunos) se obstinan en darla en la mano y los feligreses en recibirla? En las misas que veo por internet, (de Colombia y distintos países) cuando el sacerdote se dispone a repartir la comunión, se coloca el tapabocas, se aplica el gel y reparte la Hostia Sagrada.
    Aprovecho para decirle a los lectores que se pongan el tapabocas pues el micrófono también lo utiliza el sacerdote y que los camarógrafos no den tanto protagonismo a los coros o cantantes, preciso en el momento de mayor recogimiento espiritual.
    Muchas gracias

  3. Opino que las iglesias deben ser abiertas con los protocolos que exige esta situación. Se sabe que la mayoría de templos católicos son unas bellas y grandes obras de arte, con suficiente espacio y buenos portales de ingreso/salida de los feligreses,… dónde está el problema?. Dónde los argumentos de peso y valor que aduce el gobierno?… si los supermercados que son sitios también amplios están en funcionamiento, a sabiendas que en un momento dado, se rompe el distanciamiento con las demás personas porque el objetivo es el mismo: MERCAR, ABASTECERNOS DE ALIMENTOS, y estamos en movimiento dentro del mismo. Las puertas de ingreso/salida de los supermercados no superan las de las iglesias. Para la Santa Misa, cada uno llegará, se sitúa en la parte indicada por el protocolo y listo…hay menos peligro de contagio en la Iglesia Católica que en el Supermercado donde hay movimiento continuo.
    Ahora sobre la Comunión en la mano, no estoy de acuerdo, si el protocolo exige “lavarse las manos con mucha frecuencia”, las manos del sacerdote están limpias y las de los fines no igual; por qué los sacerdotes (algunos) se obstinan en darla en la mano y los feligreses en recibirla? En las misas que asisto por internet, (de Colombia y distintos países) cuando el sacerdote se dispone a repartir la comunión, se coloca el tapabocas, se aplica el gel y reparte la Hostia Sagrada que los feligreses debiéramos recibirla de rodillas y en la boca, señal de amor, respeto y veneración a Dios.
    Aprovecho para decirle a los lectores que se pongan el tapabocas pues el micrófono también lo utiliza el sacerdote y que los camarógrafos no den tanto protagonismo a los coros o cantantes, preciso en el momento de mayor recogimiento espiritual.
    Muchas gracias.

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