El derecho de defensa contra la agresión litúrgica de un Papa

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No es necesario poseer un conocimiento especializado de eclesiología para comprender que la autoridad papal y la infalibilidad tienen límites. En el caso actual, está permitido no solo “no observar” el motu proprio del Papa Francisco, sino incluso resistirse a su aplicación, según el modelo enseñado por San Pablo.

De un plumazo, el Papa Francisco tomó medidas concretas para abolir en la práctica el rito latino de la Santa Misa, que entró en vigor sustancialmente desde San Dámaso, a fines del siglo IV (con adiciones de San Gregorio el Grande en finales del siglo VI), hasta el misal de 1962, promulgado por Juan XXIII. La intención de restringir gradualmente, hasta su extinción, el uso de este rito inmemorial se manifiesta en la carta que acompaña al motu proprio Traditionis Custodes, en la que el pontífice reinante insta a los obispos de todo el mundo a “actuar para volver a una forma celebrativa unitaria” Con los misales de Pablo VI y Juan Pablo II, que se convierten en “la única expresión de la lex orandi del Rito Romano”. Su consecuencia práctica es que los sacerdotes de rito latino ya no tienen derecho a celebrar la Misa tradicional, y solo pueden hacerlo con el permiso del obispo, y de la Santa Sede, para aquellos que de ahora en adelante sean ordenados.

La pregunta obvia que surge ante esta drástica medida es la siguiente: ¿Tiene un Papa la potestad de derogar un rito que ha estado vigente en la Iglesia durante 1400 años y cuyos elementos esenciales provienen del tiempo de los apóstoles? Porque, si de un lado el Vicario de Cristo tiene la plena et suprema potestas en las materias concernientes “a la disciplina y al gobierno de la Iglesia difundida por el orbe”, conforme lo enseña el Concilio Vaticano I; por otro lado, debe respetar las costumbres universales de la Iglesia en materia litúrgica.

La respuesta se da perentoriamente en el párrafo 1125 del Catecismo de la Iglesia Católica promulgado por Juan Pablo II:

“Ningún rito sacramental puede ser modificado o manipulado a discreción del ministro o de la comunidad. Ni siquiera la autoridad suprema de la Iglesia puede cambiar la liturgia como le plazca, sino solo en la obediencia a la fe y en el respeto religioso del misterio de la liturgia”.

Comentando este texto, el cardenal Joseph Ratzinger escribió: “Me parece muy importante que el Catecismo, al mencionar los límites del poder de la autoridad suprema de la Iglesia en relación con la reforma, llame la atención sobre lo que es la esencia del primado, como lo subrayan los Concilios Vaticanos I y II: el Papa no es un monarca absoluto cuya voluntad es la ley, sino el guardián de la Tradición auténtica y, por tanto, el primero en garantizar la obediencia. No puede hacer lo que quiere y, precisamente por eso, puede oponerse a quienes pretenden hacer lo que quieran. La ley que debe cumplir no es la acción ad libitum, sino la obediencia a la fe. Por eso, frente a la liturgia, tiene el papel de un jardinero y no el de un técnico que construye máquinas nuevas y descarta las viejas. El ‘rito’, es decir, la forma de celebración y oración que madura en la fe y la vida de la Iglesia, es una forma condensada de la Tradición viva, en la que el ámbito del rito expresa toda su fe y oración, haciendo de esta forma experimentables, al mismo tiempo, la comunión entre las generaciones y la comunión con quienes oran antes y después de nosotros. Por tanto, el rito es como un regalo dado a la Iglesia, una forma viva de paradosis”. [Término griego usado 13 veces en la Biblia, que puede traducirse por tradición, instrucción, transmisión.]

En su excelente obra La reforma de la liturgia romana, Mons. Klaus Gamber, considerado por el cardenal Joseph Ratzinger como uno de los más grandes liturgistas del siglo XX, desarrolla este pensamiento. Él parte de la observación de que los ritos de la Iglesia Católica, tomada esta expresión como las formas obligatorias de culto, se remontan definitivamente a Nuestro Señor Jesucristo, pero poco a poco se desarrollaron y diferenciaron de la costumbre general, siendo posteriormente corroborados por la autoridad eclesiástica.

De esta realidad, el distinguido liturgista alemán saca las siguientes conclusiones:

  1. “Si el rito nació de la costumbre general (y no hay duda de ello para quien esté familiarizado con la historia de la liturgia), no se puede reinventar en su totalidad”. Ni siquiera al comienzo de la Iglesia sucedió esto, porque “las formas litúrgicas de las jóvenes comunidades cristianas también se fueron separando progresivamente del rito judío”.

  2. “Como el rito se fue desarrollando en el transcurso de los tiempos, podrá seguir haciéndolo en el futuro. Pero este desarrollo debe tener en cuenta la atemporalidad de cada rito y llevarlo a cabo de forma orgánica (…) sin romper con la tradición y sin una intervención dirigista de las autoridades eclesiásticas. Pues estas no tenían otra preocupación en los concilios plenarios o provinciales sino evitar irregularidades en el ejercicio del rito”.

  3. “Existen varios ritos independientes en la Iglesia. En Occidente, además del rito romano, están los ritos galicano (hoy desaparecido), ambrosiano y mozárabe; en Oriente, entre otros, los ritos bizantino, armenio, siríaco y copto. Cada uno de estos ritos pasó por una evolución autónoma, en el curso de la cual se formaron sus particularidades específicas. Este es el motivo por el cual no se puede simplemente intercambiar elementos de estos diferentes ritos entre ellos”.

  4. “Cada rito constituye una unidad homogénea. Por tanto, la modificación de cualquiera de sus componentes esenciales supone la destrucción de todo el rito. Eso es exactamente lo que sucedió por primera vez en tiempos de la Reforma, cuando Martín Lutero hizo desaparecer el canon de la Misa y vinculó el relato de la Institución directamente con el reparto de la comunión”.

  5. “El retorno a las formas primitivas no significa, en casos aislados, que el rito haya sido modificado, y de hecho este retorno es posible dentro de ciertos límites. De esta manera, no hubo ruptura con el rito tradicional romano cuando el Papa San Pío X restableció el canto gregoriano en su forma original”.

El ilustre fundador del Instituto Teológico de Ratisbona prosigue comentando que “si bien la revisión de 1965 había dejado intacto el rito tradicional (…), con el ‘ordo’ de 1969 se creó un nuevo rito”, al que denomina ritus modernus, ya que “No basta, para hablar de una continuidad del rito romano, que en el nuevo misal se hayan conservado determinadas partes del anterior”. 

Para probarlo desde un punto de vista estrictamente litúrgico, dado que los graves errores teológicos, como la rebaja del carácter sacrificial y propiciatorio de la Misa, merecerían un artículo aparte, basta citar lo que dice sucintamente el Prof. Roberto de Mattei sobre esta verdadera devastación litúrgica: 

“Durante la Reforma se fueron introduciendo paulatinamente toda una serie de novedades y variaciones, algunas de ellas no previstas ni por el Concilio ni por la constitución Missale Romanum de Pablo VI. El quid Novum no puede limitarse al reemplazo del latín por lenguas vulgares. También consiste en el deseo de concebir el altar como una “mesa”, para enfatizar el aspecto del banquete más que el del sacrificio; consiste en la celebratio versus populum, reemplazando la celebración versus Deum, con la consecuencia de abandonar la celebración hacia Oriente, es decir, hacia Cristo simbolizado por el sol naciente; consiste en la ausencia de silencio y meditación durante la ceremonia y en la teatralidad de la celebración, a menudo acompañada de cánticos que tienden a profanar una Misa en la que el sacerdote frecuentemente se reduce al papel de ‘presidente de la asamblea’; consiste en la hipertrofia de la Liturgia de la Palabra en demérito de la Liturgia Eucarística; en el ‘signo’ de la paz, que sustituye las genuflexiones del sacerdote y de los fieles, como acción simbólica del paso de la dimensión vertical a la horizontal de la acción litúrgica; consiste en la Sagrada Comunión, recibida por los fieles de pie y en la mano; en el acceso de las mujeres al altar; en la concelebración, con una tendencia a la ‘colectivización’ del rito. Consiste, sobre todo y finalmente, en cambiar y sustituir las oraciones del Ofertorio y del Canon. Particularmente la eliminación de las palabras mysterium fidei de la fórmula eucarística puede considerarse, como observa el cardenal Stickler, como el símbolo de la desmitificación y, por tanto, de la humanización del núcleo central de la Santa Misa”.

La mayor revolución litúrgica tuvo lugar realmente en el Ofertorio y el Canon. El Ofertorio tradicional, que preparaba y prefiguraba la inmolación incruenta de la Consagración, fue reemplazado por el Beràkhôth del Kidush, es decir, por las bendiciones de la cena pascual de los judíos. El padre Pierre Jounel, del Centro Pastoral Litúrgico y del Instituto Superior de Liturgia de París, uno de los expertos del Consilium que preparó la reforma litúrgica, describió en el diario La Croix el elemento fundamental de la reforma de la Liturgia de la Eucaristía:

“La creación de tres nuevas Plegarias Eucarísticas cuando hasta entonces solo había una, la Plegaria Eucarística I, fijada en el Canon Romano desde el siglo IV. La segunda fue tomada de la Plegaria Eucarística de [San] Hipólito (siglo III) tal como fue descubierta en una versión etíope a fines del siglo XIX. La tercera se inspiró en el esquema de las liturgias orientales. La cuarta fue elaborada en una noche, por un pequeño equipo alrededor del P. Gelineau”.

El mencionado P. Joseph Gelineau, SJ no se equivocó cuando saludó con entusiasmo la reforma, declarando: “De hecho, es otra liturgia de la Misa. Hay que decirlo sin rodeos: el rito romano tal como lo conocíamos ya no existe, ha sido destruido”.

¿Cómo, entonces, el Papa Francisco pretende afirmar, en su reciente carta a los obispos, que “quien quiera celebrar con devoción según la forma litúrgica anterior no tendrá dificultad en encontrar en el Misal Romano reformado según la mente del Concilio Vaticano II todos los elementos del Rito Romano, en particular el canon romano, que constituye uno de sus elementos más característicos”? Parece una ironía tan amarga como el título del motu proprio Custodios de la Tradición …

Si el Novus Ordo Missae no es una mera reforma e implica tal ruptura con el rito tradicional, no se puede prohibir la celebración de este último, ya que, como Mons. Klaus Gamber, “no hay un solo documento, ni siquiera el Codex Iuris canonici, que expresa explícitamente que el Papa, como Pastor supremo de la Iglesia, tiene derecho a abolir el rito tradicional. Tampoco se menciona en ninguna parte que tenga derecho a modificar costumbres litúrgicas particulares. En el caso que nos ocupa, este silencio es de gran trascendencia. Los límites de la plena et suprema potestas del Papa han sido claramente determinados. Es indiscutible que, para cuestiones dogmáticas, el Papa debe adherirse a la tradición de la Iglesia universal y, por tanto, según San Vicente de Lérins, a lo que siempre se ha creído, en todas partes y por todos (quod semper, quod ubique, quod ab omnibus). Varios autores señalan expresamente que, en consecuancia, no le corresponde al Papa la facultad discrecional de abolir el rito tradicional”.

Además, si lo hiciera, correría el riesgo de separarse de la Iglesia. Mons. Gamber escribe, de hecho, que “el célebre teólogo Suárez (+ 1617), refiriéndose a autores más antiguos como Caetano (+ 1534), piensa que el Papa sería cismático si no quisiera, como es su deber, mantener la unidad y el vínculo con todo el cuerpo de la Iglesia, por ejemplo, si excomulgaba a toda la Iglesia o si quería modificar todos los ritos confirmados por la tradición apostólica”.

Probablemente, fue para evitar este riesgo que ocho de los nueve cardenales —en la Comisión nombrada por Juan Pablo II en 1986 para estudiar la aplicación del Indulto de 1984— declararon que Pablo VI no había prohibido realmente la Misa antigua. Más aún, a la pregunta: “- ¿Puede un obispo prohibir hoy a un sacerdote en situación regular que celebre una misa tridentina?”, El cardenal Stickler afirmó que “los nueve cardenales fueron unánimes al decir que ningún obispo tenía derecho a prohibir a un sacerdote Católico celebrar la Misa Tridentina. No hay una prohibición oficial y no creo que el Papa vaya a emitir ninguna prohibición oficial”.

El Papa Francisco, sin embargo, en el motu proprio Traditionis Custodes, sí autorizó a los obispos a prohibir esta celebración. Tanto es así que la Conferencia Episcopal de Costa Rica se apresuró a decretar colectivamente que “no se autoriza el uso del Missale Romanum de 1962 o cualquiera de las expresiones de la liturgia anteriores a 1970”, por lo que “ningún sacerdote está autorizado a seguir celebrando según la liturgia antigua”.

Por todo lo anterior, suscribimos plenamente las conclusiones extraídas por Pbro. Francisco José Delgado:

“Creo que lo más inteligente que podemos hacer ahora es defender con calma la verdad sobre las leyes perversas. El Papa no puede cambiar la Tradición por decreto o decir que la liturgia posterior al Vaticano II es la única expresión de la lex orandi en el Rito Romano. Como esto es falso, la legislación que se deriva de este principio es inválida y, según la moral católica, no debe ser observada, lo que no implica desobediencia”.

No es necesario poseer un conocimiento especializado de eclesiología para comprender que la autoridad papal y la infalibilidad tienen límites y que el deber de obediencia no es absoluto. Numerosos eruditos del mejor tipo reconocenF explícitamente la legitimidad de la resistencia pública a las decisiones o enseñanzas equivocadas de los pastores, incluido el Soberano Pontífice. Fueron ampliamente citados en el estudio de Arnaldo Xavier da Silveira titulado  “Resistencia pública a las decisiones de la autoridad eclesiástica” , publicado por la revista Catolicismo en agosto de 1969.

En el caso actual, está permitido no solo “no observar” el motu proprio del Papa Francisco, sino incluso resistirse a su aplicación, según el modelo enseñado por San Pablo (Gal 2, 11). No se trata de cuestionar la autoridad pontificia, por la cual nuestro amor y veneración deben crecer siempre. Es el amor al propio Papado lo que debe llevarnos a denunciar la Traditionis Custodes, por intentar eliminar dictatorialmente el rito más antiguo y venerable del culto católico, del que todos los fieles tienen derecho a beber.

El ilustre teólogo Francisco de Vitoria (1483-1486) observa: “Por derecho natural, es lícito rechazar la violencia por medio de la violencia. Ahora, con tales órdenes y dispensaciones, el Papa ejerce la violencia, porque actúa contra la Ley, como se demostró anteriormente. Por tanto, es lícito resistirle. Como observa Caetano, no afirmamos todo esto en el sentido de que le corresponde a alguien ser juez del Papa o tener autoridad sobre él, sino en el sentido de que es lícito defenderse. En efecto, toda persona tiene derecho a resistir un acto injusto, a intentar prevenirlo y a defenderse”.

El modelo de resistencia firme, pero imbuido de veneración y respeto por el Sumo Pontífice, a través del cual los católicos ahora pueden guiar su propia reacción, es la Declaración de Resistencia a la Ostpolitik del Papa Pablo VI, escrita por el difunto Prof. Plinio Corrêa de Oliveira titulado “La política de distensión del Vaticano con los gobiernos comunistas – Para la TFP: ¿Cesar la lucha o resistir?”. Ella dijo en su párrafo crucial:

“El vínculo de la obediencia al Sucesor de Pedro, que jamás romperemos, que amamos con lo más profundo de nuestra alma, al cual tributamos lo mejor de nuestro amor, ese vínculo lo besamos en el mismo momento en que, triturados por el dolor, afirmamos nuestra posición. Y de rodillas, mirando con veneración la figura de Su Santidad el Papa Paulo VI, le manifestamos toda nuestra fidelidad.

En este acto filial decimos al Pastor de los Pastores: nuestra alma es Vuestra, nuestra vida es Vuestra. Mandadnos lo que queráis. Solo no nos mandéis que crucemos los brazos delante del lobo rojo que embiste. A esto nuestra conciencia se opone.


Tomado de Fratres in Unum.com

Traducción por Centro Cultural Cruzada

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