El santo ama los mandamientos que cumple

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Existe una piedad deformada por la cual el santo es una persona que cumplió a duras penas con el catecismo, como quien bebe un remedio amargo, con el cual no tiene afinidad ninguna.
Una piedad falsa pero frecuente

Por esto, el santo se torna un símbolo de los preceptos de la ley de Dios.

Existe una piedad deformada para la cual el santo no es el símbolo de lo que se encuentra en el catecismo.

Para ella, el santo es una persona que cumplió bien, pero a duras penas, con el catecismo, como quien bebe un remedio amargo, con el cual no tiene afinidad ninguna.

Para esta concepción deformada de la piedad, el santo no es un ser pleno. No tiene aquel fuego de alma que le lleva a amar la Ley que cumple, sino que la Ley es para él lo que para un fakir puede ser un conjunto de cuchillos de punta sobre los cuales se tumba.

Los Mandamientos son un espejo del propio Dios

Cuando se habla de la virtud y de la práctica de los Mandamientos de la Ley de Dios, frecuentemente puede surgir la idea de que Dios puso los Mandamientos, así como una persona podría poner las vallas para una carrera de obstáculos.

Ellos piensan que son diez Mandamientos como podrían ser cinco o doce; y podrían ser esos u otros los preceptos. Simplemente constituirían una prueba extrínseca a Dios, que si el hombre cumple se salva, y si no, se condena.

No se considera, sin embargo, que esos preceptos tienen una razón de ser muy profunda y que están de acuerdo a nuestra naturaleza y son para nuestro bien; y, sobre todo, tienen una gran belleza, pues son una expresión y un reflejo de Dios, de su “manera de ser”, si es que se pudiera hablar así.

Por lo tanto, rechazando esos preceptos es al mismo Dios que rechazamos. Y en vez de modelarnos según Dios nos modelamos según lo contrario.

 

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