El Triunfo de Nuestra Señora del Rosario de Lepanto

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Este 7 de octubre celebramos 449 años de la victoria milagrosa de Nuestra Señora en Lepanto. Estamos seguros de que volverá a triunfar. Esta vez, no solo sobre los turcos infieles, sino sobre toda la maldad de nuestros días.

Una multitud se apiña frente a la Iglesia de Santo Domingo en la ciudad de Granada (España). Poco a poco, los integrantes del desfile pasan por la puerta principal del templo para la procesión anual del 12 de octubre. Ricamente vestidos, los participantes portan hermosos estandartes e instrumentos musicales.

Al toque de las campanas, una inmensa anda, llevada a hombros por decenas de hombres, aparece en la entrada de la iglesia. Suenan trompetas y aplausos entusiastas de la multitud. Todos los ojos están puestos en la magnífica imagen de Nuestra Señora, que acaba de llegar.

El anda se detiene un instante… La banda militar inicia el himno “Salve, Estrella de los Mares”, que se acompaña de las voces unánimes de los presentes. Al final de la canción, alguien grita: “¡Viva la Virgen del Rosario coronada!” . Y se escucha la respuesta inmediata: “¡Viva!”. 1

Es difícil permanecer indiferente ante esta expresión de entusiasmo del pueblo español. A medida que avanza la procesión, vemos allí una especie de declaración pública de victoria: ¡el triunfo de Nuestra Señora es inevitable! Los españoles lo declaramos; ¡y enfrentaremos cualquier circunstancia para mantener nuestra posición!

Esta nota de inminente triunfo se refleja en toda la forma de la Imagen de Nuestra Señora del Rosario de Granada, o Nuestra Señora de Lepanto. La Virgen lleva un manto dorado, tachonado de piedras preciosas. La túnica y la falda, que forman la parte interior del vestido, no son de tela, sino de plata, como una armadura llena de adornos. Alrededor del rostro, resplandores a modo de rayos, de los que se distingue una estrella en la frente. La cabeza está adornada con una gran corona. Desde ciertos ángulos, se distinguen algunos mechones de cabello castaño largo. En las manos, rosarios, anillos y cetro.

Uno pensaría que tales accesorios son algo exagerados. ¡No! No nacieron simplemente de la irreflexiva veneración de un pueblo devoto. Como veremos más adelante, todo en la imagen está relacionado con hechos y milagros asombrosos.

Cuando contemplamos la bella fisonomía de la imagen, surge una dificultad. El espíritu brasileño normalmente venera a la Santísima Virgen por su lado maternal, tierno y amable. En la imagen de Nuestra Señora de Lepanto, sin duda vemos tales aspectos, pero las huellas de majestad, firmeza y poder aparecen en ella con mucho más resplandor. Al mirarla a la cara, casi se la podía escuchar decir: Soy la Reina del Universo, porque soy la Madre de Aquel que creó todo. Tengo derecho a gobernar. Y para ti, que me ves, tu mejor actitud es seguirme. ¡Entonces, participarás en mi propia gloria!

El Niño Jesús, llevado en el brazo izquierdo de la Virgen Madre, tiene características similares. A pesar del semblante sonrosado, como el de un niño tierno, parece demostrar una santa indignación, especialmente si miramos la posición levantada del brazo derecho, así como la mano que empuña el cetro del poder. El pecado, el error, la herejía no tienen parte en este Divino Infante.

Como decíamos, todo esto refleja muy bien la mentalidad española, una mentalidad impregnada de fuerza de voluntad, coherencia, principios categóricos. Pero, ¿Qué hechos contribuyeron a que la Virgen fuera representada así, rodeada de tantos atributos de poder y majestad? De hecho, una Reina triunfante está muy en línea con la frase de las Escrituras: “Terrible como un ejército en orden de batalla”Así es precisamente como Ella quería aparecer ante sus enemigos, lo que explica las características de su imagen.

Victoria histórica de la Virgen

D. Álvaro Bazán, Marqués de Santa Cruz, decidió llevarse la imagen de Nuestra Señora en su barco para unirse a las fuerzas de la Santa Liga, que derrotó a los musulmanes en la Batalla de Lepanto.

La imagen 2 fue tallada en madera a principios del siglo XVI. Cedido por los duques de Gor, perteneció a la Archicofradía de Nuestra Señora del Rosario de Granada desde 1552. En ese momento, su tamaño era menor que ahora, y no tenía el vestido plateado antes mencionado.

En 1571, el granadino D. Álvaro Bazán, marqués de Santa Cruz, decidió llevársela en su barco, para unirse a las fuerzas de la Santa Liga. Fue esta coalición la que, por iniciativa del Papa San Pío V, reunió a las flotas navales de España, Venecia y los Estados Pontificios, con el objetivo de eliminar la temible armada turca otomana que amenazaba a toda la cristiandad.

El 7 de octubre del mismo año, en los mares de Grecia, fuerzas católicas y musulmanas lucharon en la famosa Batalla de Lepanto. Un detalle curioso del enfrentamiento de ese día revela una especie de acción directa de la Santísima Virgen. D. Álvaro Bazán, que portaba en su barco la imagen de Nuestra Señora de Granada, recibió la misión de comandar las fuerzas de reserva. Su flota, formada por unas pocas decenas de galeras, se mantuvo detrás de la línea principal de la flota católica, enviando ayuda cuando la presión de los enemigos debilitó los navíos aliados. Al menos tres veces durante la contienda, las reservas de D. Álvaro evitaron el colapso de la Santa Liga.

Se diría que allí también actuó Nuestra Señora, como un comandante astuto, observando atentamente las maniobras de la batalla y enviando su preciosa ayuda en las horas más desesperadas. Pero quedaba una última cosa para la Virgen. A pesar de todos los esfuerzos de los soldados de la Cruz, las huestes turcas avanzaban. Solo una cosa los detuvo: en el ruido del enfrentamiento, los infieles vieron a una dama en el cielo con aspecto amenazador, sosteniendo a un niño en sus brazos. Al parecer, Nuestra Señora hizo que su imagen de Granada se transformara en una forma viva. Luego les dijo basta a los musulmanes y personalmente les dio la victoria a los católicos. Los turcos se desesperaron, algunos huyeron, otros perecieron en el mar.

Desde la victoria en Lepanto, la devoción a Nuestra Señora de Granada no ha dejado de crecer. A principios del siglo XVII, después de una restauración, su imagen fue reconstituida al tamaño humano natural. Además del traje perpetuo hecho de plata, recibió numerosas túnicas y ropas que le fueron donadas. Estos vestidos permanecen hoy en un anexo de la Iglesia de São Domingos, en el llamado Camarín de Nuestra Señora. Por eso podemos contemplarlo en diversos trajes y ornamentos, dependiendo de las distintas fiestas y solemnidades del año.

Representación del cierre de los buques, imagen insigne durante la Batalla de Lepanto

Milagros y prodigios

La Santísima Virgen, después de mostrarse terrible ante los enemigos de Dios, también quiso mostrar su misericordia hacia sus hijos.

En 1670 ocurrió un hecho extraordinario. El 6 de abril, domingo de Resurrección, dos camareras, Ana de San Pedro Mártir y Juana de Santo Domingo, prepararon la imagen para la procesión y notaron que su rostro había cambiado. Sudaba y algunas lágrimas caían de sus ojos. El prior y las autoridades laicas también contemplaron el prodigio, que duró unas 32 horas. El arzobispo de Granada, D. Santiago Escolano, abrió un proceso canónico, que culminó con una minuciosa investigación y una declaración formal de que el fenómeno había ocurrido de manera sobrenatural.

El motivo de las lágrimas no se explicaría hasta nueve años después, en 1679. Una plaga aterradora se extendió por toda la región de Andalucía y ya se estaba sintiendo en Granada. La Madre Celestial había anticipado el sufrimiento de sus hijos y por eso había llorado de tristeza.

Pero ella también se estaba preparando para la salvación. En mayo de ese año se organizaron oraciones públicas frente a la imagen. Dos días después, cuando la iglesia se llenó de creyentes, “todos miraban con admiración, en el frente de la santa imagen, una luz extraordinaria brillaba como una estrella, cuyos rayos brillaban en colores plateados, verdes y dorados, imitando los colores del arco iris”.

Toda la ciudad se movilizó para contemplar el llamado “Milagro de la Estrella” [dibujo al costado], ¡que duró 60 días! Durante este período hubo una sucesión de prodigios: conversiones de todo tipo; una mujer ciega recuperó la vista; otro, la escucha; otra, ya desilusionada, recuperó por completo su salud. Y lo más importante: pronto llegó el fin de la plaga, declarada oficialmente extinta el 6 de octubre, durante la novena de la Fiesta del Rosario.

Se inició un nuevo proceso canónico. Luego de 38 testimonios de escultores, pintores y teólogos, el arzobispo Alonso Bernardo de los Ríos y Guzmán declaró que “esta luz y esta estrella son milagrosas por sobrepasar las fuerzas naturales en su forma de verla. Todas las circunstancias contribuyen a que el hecho sea milagroso. Por tanto, lo atribuimos a un milagro de Dios Nuestro Señor y lo aprobamos y declaramos como tal”.

Vemos, por tanto, que todo en la magnífica imagen de la Virgen de Granada se basa perfectamente en hechos y circunstancias probados. No hay nada exagerado en ello.

El apogeo de la glorificación de Nuestra Señora del Rosario de Granada tuvo lugar en 1961. Más de 100.000 fieles presenciaron su solemne Coronación Canónica, oficiada por el arzobispo D. Rafael García y García de Castro. Además, el gobierno español otorgó a la imagen el más alto honor de Capitán General de la Armada Española.

Este 7 de octubre celebramos 449 años de la victoria de Nuestra Señora en Lepanto. Estamos seguros de que volverá a triunfar. Esta vez, no solo sobre los turcos infieles, sino sobre toda la maldad de nuestros días.

Fuente: Revista Catolicismo, Nº 826, octubre / 2019.

  1. Video de la procesión: https://youtu.be/Tw9IedR9Ay8
  2. La información sobre la Imagen se extrajo de la página: archicofradiarosariocoronada.blogspot.com/

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