La propiedad privada, ¿es intocable?

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La propiedad privada se basa, además que en la ley natural, en dos mandamientos de la Ley de Dios: el séptimo y el décimo. Así lo entendió el Magisterio de la Iglesia, desde León XIII hasta Benedicto XVI.

Causó mucha confusión la frase del Papa Francisco con motivo de la apertura de los trabajos de la Conferencia Internacional de Jueces Integrantes de los Comités de Derechos Sociales de África y América:

“Construyamos la nueva justicia social asumiendo que la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto e intocable el derecho a la propiedad privada”.

La confusión no surge tanto de la frase en sí (tomada de la encíclica Laborem exercens, de Juan Pablo II), como de su unilateralidad. Todos los Papas anteriores (incluido Juan Pablo II) han comenzado enseñando la legitimidad intrínseca del derecho de propiedad privada y su fundamento divino y natural, para después explicar las limitaciones derivadas de su “función social”. Invirtiendo este Magisterio, el Papa Francisco pone el acento exclusivamente en el carácter “secundario” de la propiedad: un derecho subordinado y sujeto a la voluntad del Estado en nombre de la “justicia social”.

Esta unilateralidad encaja perfectamente en la línea seguida hasta ahora por el Papa Francisco, y debe leerse en este sentido: desde la denuncia de la “economía que mata” (es decir, aquella basada en la propiedad privada y la libre iniciativa) hasta su evidente simpatía por los regímenes comunistas, que cercenan al máximo la propiedad privada. Recordemos lo que escribieron Marx y Engels en el «Manifiesto comunista»: “En este sentido los comunistas pueden resumir sus teorías en esta propuesta: abolición de la propiedad privada”.

Para Marx, la propiedad privada es un robo y un factor de “alienación”. Poseer una propiedad implica, ipso facto, esclavizar a otra persona. Nos preguntamos si es a esto que el Papa Francisco alude cuando dice: “Solidarios al luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda. Techo, tierra y trabajo, las tres “T” que nos ungen dignos. Luchando, en suma, contra esa cultura que lleva a usar a los demás, a esclavizar a los demás, y termina en quitar la dignidad de los demás. (…) Justos los que hacen justicia. Justos sabiendo que, cuando resolviendo en el derecho, damos a los pobres las cosas indispensables no les damos nuestras cosas, ni las de terceros, sino que les devolvemos lo que es suyo. Hemos perdido muchas veces esta idea de devolver lo que les pertenece”.

La confusión aumentó cuando a la unilateralidad sobre la propiedad privada siguió otra sobre las jerarquías sociales. Según el Papa Francisco es necesario “ser pueblo, sin pretender ser una élite”, hay que luchar contra toda “desigualdad”. Y esto también encaja en su línea de constante denuncia de las élites y de exaltación unilateral del “pueblo”, presentado según categorías puramente ideológicas, como las de la Teología del pueblo, tan querida por él.

La propiedad privada se basa, además que en la ley natural, en dos mandamientos de la Ley de Dios: el séptimo y el décimo. Así lo entendió el Magisterio de la Iglesia, desde León XIII hasta Benedicto XVI.

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