La utopía totalitaria y el Nuevo Orden Mundial

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Nos preguntamos si la forma de enfrentar la pandemia no nos está conduciendo al suicidio de la humanidad. Para salvarnos, los gobiernos deciden matar la civilización, lanzando a la hambruna a más de la mitad de la población de la tierra, creando así un verdadero monstruo, representado en las multitudes que saldrán a las calles a exigir la comida que les quitaron, y que serán capaces de cualquier cosa para conseguirla. Es hacia ese escenario que misteriosamente nos están empujando y la gente no se quiere dar cuenta de ello, pues las manos que nos conducen hacia ese abismo nos están ocultando algo.
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Continúa avanzando por el mundo la propagación del Coronavirus. Es un panorama apocalíptico el que tenemos por delante, sin que sepamos cuándo se descubrirá el remedio o la vacuna para tan misteriosa enfermedad. Un enemigo invisible ha puesto de rodillas al mundo, cambiando radicalmente el sistema de vida de todos. El tiempo se encargará de confirmar si China fue la gran responsable de esta catástrofe de consecuencias imprevisibles, con el propósito de imponer su hegemonía en el mundo. O también, si la causa ha sido otra, cualquiera que sea.

Es evidente que el desenlace de la actual crisis coincide plenamente con los planes de dominación mundial del Partido Comunista Chino y con la etapa final del proceso político que proclamó la caída de las barreras ideológicas, que se inició con la visita del ex-presidente Richard Nixon a China en 1972. Ese fue el comienzo de una diabólica maniobra, en la cual las naciones de Occidente, lideradas por EEUU, decidieron trasladar paulatinamente sus fábricas, su tecnología y su dinero a la China comunista de Mao Tse Tung, para obtener a cambio productos baratos y de mala calidad, con los cuales el mundo ha sido inundado desde entonces.

1972- Richard Nixon y Mao Tse-Tung se entrevistan en Pekín con el fin de iniciar una fase de relaciones bilaterales.

China fabrica en la actualidad casi la mitad de los productos industriales del orbe. El augeeconómico al que ha llegado le ha permitido apoderarse de las más importantes empresas de
Occidente, gracias a la benevolencia, a la imprevisión y a la complicidad de sus propios dueños. Ytodo esto sin renunciar en absoluto a sus principios marxistas, a su declarado imperialismo ideológico y a su inocultable espíritu de conquista. Este escenario trágico coincide plenamente con otra misteriosa maniobra simultánea, que es la creación de un Nuevo Orden Mundial. Ante el desplome de la economía de Occidente, surge como única alternativa de salvación la imposición universal de un régimen totalitario, ecologista y miserabilista. Entonces, algunos líderes proponen que el mundo tenga un solo gobierno para enfrentar la crisis, equivalente a la creación de una República Universal, lo cual coincide con lo que siempre quisieron los teóricos del marxismo, pues este es el escenario con el cual soñaron Marx, Stalin y Mao Tse Tung.

Tal escenario siempre fue considerado como una absurda utopía totalitaria. Sin embargo, este parece ser el camino por el que van siendo conducidas todas las naciones. Por increíble que parezca, en pocos días desaparecieron las libertades individuales, casi todos estamos encarcelados en nuestras casas y el mundo entero quedó paralizado. En consecuencia, la economía global se estancó, pues no se compra ni se vende nada, excepto alimentos y remedios. El afán consumista desapareció ante el cierre de los almacenes, los centros comerciales, los cines y los estadios. El turismo no existe, pues casi todos los aviones están en tierra, los hoteles están vacíos y las carreteras desiertas. Hasta las iglesias han sido cerradas, negando los sacramentos e impidiendo rezar a los fieles.

Representación artística de un mundo paralizado y utópico

En un abrir y cerrar de ojos pasamos a vivir en un mundo totalitario, como si la realidad hubiese sido reemplazada por una novela de ciencia ficción. Quienes emiten estas órdenes implacables no se dignan explicar cómo es que piensan garantizar la supervivencia de millones de personas. Aún los estados más ricos no tienen fondos suficientes para sostener a la población por mucho tiempo, y menos aún los estados pobres o poco desarrollados, en donde cualquier subvención del Estado alcanzará para pocas semanas.

El aparato productivo del mundo será destruido

Sin embargo, el más grande problema al que nos enfrentamos es que el aparato productivo del mundo se ha paralizado, de lo cual se desprenden gravísimas e indescriptibles consecuencias. Miles de millones de personas están perdiendo los medios habituales de subsistencia. El Estado, esa máquina voraz e insaciable que hemos creado, pierde su principal fuente de recursos, que son los enormes impuestos que paga el sector productivo, el mismo al que ahora se le impide funcionar, llevándolo obligatoriamente a su extinción.

Muchas voces científicas altamente autorizadas han cuestionando la eficacia de las medidas tomadas. En realidad, la mortalidad de la pandemia no es tan apocalíptica como se afirma, pues la cantidad de muertes no alcanza ni al 1% de los que se contagian, siendo que la mayoría se cura sin ni siquiera acudir a tratamientos médicos, y quienes deberían estar en cuarentena son los enfermos de verdad y los sospechosos de estarlo, pero en ningún caso los que están sanos. Y, para vergüenza de nuestra época, el aborto mata cada año cerca de 40 millones de niños en el mundo y muy pocos se horrorizan por ello. Pero ante uno o dos millones de muertos por la pandemia, o aunque sean más, se declara el apocalipsis, se encarcela a la población y se destruye el mundo.

Esto impone una pregunta inevitable: ¿Cómo se enfrentará la hecatombe que se avecina? Una minoría muy pequeña podrá vivir por muchos años con el dinero que tiene. Pero, cuando la mitad de la población del planeta pierda su medio de subsistencia, ¿qué pasará con ellos? ¿Qué Gobierno podrá controlar el descontento social y el hambre de millones de personas que no tendrán cómo sobrevivir? ¿Habrán pensado en eso los “sabios” que nos gobiernan?

Esto es tan evidente que nos preguntamos si la forma de enfrentar la pandemia no nos está conduciendo al suicidio de la humanidad. Para salvarnos, los gobiernos deciden matar la civilización, lanzando a la hambruna a más de la mitad de la población de la tierra, creando así un verdadero monstruo, representado en las multitudes que saldrán a las calles a exigir la comida que les quitaron, y que serán capaces de cualquier cosa para conseguirla. Es hacia ese escenario que misteriosamente nos están empujando y la gente no se quiere dar cuenta de ello, pues las manos que nos conducen hacia ese abismo nos están ocultando algo.

En el caso de Colombia, hasta el pasado 30 de abril había apenas 293 muertos por causa del coronavirus. Con certeza, cualquier otra causa ha producido muchos más muertos que la pandemia, incluyendo accidentes, homicidios y otras enfermedades. ¿Cuántos muertos habrá cuando comiencen los estallidos sociales? ¿Es razonable provocar la quiebra de todas las empresas del País y empobrecer a 50 millones de personas ante ese número pequeño de víctimas?

Una vez más, los ojos del mundo se vuelven hacia las promesas de Nuestra Señora de Fátima, que hace 100 años anunciaron con claridad lo que estamos viviendo. Ese mensaje de la Virgen nos anunció que vendría un castigo por los graves pecados de la humanidad, que no eran pocos en esa  época, y que ahora son muchos más. Esos anuncios fueron ocultados e ignorados por los responsables de darlos a conocer. Pero también contienen una promesa de misericordia, manifestada en la frase profética de las apariciones de Fátima: “Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará”.

Mayo 1 de 2020

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