Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Email
Share on print
Imprimir
“Opus Justitiae pax”: la paz es el fruto de la justicia. En el caso de la legítima defensa, la guerra es un derecho indiscutible. En el caso de la guerra santa, no existe sólo un derecho, sino un deber.

“Opus Justitiae pax”: la paz es el fruto de la justicia

Con respecto a la paz, hay dos actitudes doctrinales completamente diferentes, que, por desgracia, el público confunde a menudo:

1. la posición de la Iglesia Católica, que considera la paz como un bien inestimable, pero admite la guerra en algunos casos como un derecho y en ciertos casos incluso como un deber sagrado;

2. la posición de los pacifistas extremados que consideran la guerra como un mal intolerable y, por ello, la paz como un bien que a toda costa debe ser preservado. (…)

Guerra legítima

[Sobre] la cuestión de la legitimidad de la guerra, demos dos ejemplos clásicos. Uno de ellos es la legítima defensa. El otro es la guerra santa. En el caso de la legítima defensa, la guerra es un derecho indiscutible. En el caso de la guerra santa, no existe sólo un derecho, sino un deber.

Estos son los principios de la doctrina católica. Se sintetizan todos en un pensamiento de San Agustín. Dice el gran Doctor que ‒lo que ya en su tiempo era una impresión general‒ el más grave de los males de la guerra no está en la mutilación o destrucción de cuerpos perecederos que, más temprano o más tarde, han de corromperse en las entrañas la Tierra, en la humilde sombra de una tumba.

El mayor mal de la guerra es la ofensa a Dios

La paz obtenida a costa permitir la consumación de la injusticia, cuando ésta podría evitarse sería una suma injusticia a los ojos de Dios. (Soldado huyendo de Alemania comunista)

El gran mal de la guerra, pero mayor que todos los males, es la ofensa que Dios recibe con ella. Porque no podemos concebir un conflicto en el que ambas partes sean totalmente inocentes. Al menos una de ellas tiene que ser culpable. Y la ofensa que Dios recibe con la injusticia del agresor es, en el fondo, el mayor mal que una guerra puede causar.

Ahora bien, si la ofensa que Dios recibe con una agresión injusta es grande, ¿qué decir de la ofensa por El recibida con la victoria del agresor y con la transformación de la injusticia en un orden de cosas estable y duradero, que se convierta en una injuria permanente a la Divina Majestad?

No se puede aceptar la injusticia para evitar la guerra

La paz que tenga como resultado evitar la guerra y permitir la consumación pacífica e incruenta de la injusticia, cuando ésta podría evitarse mediante la reacción de las armas, esa paz sería una suma injusticia a los ojos de Dios, y los restos del pueblo avasallado, pero inconformado con la desgracia, clamarán por venganza, con la misma vehemencia patética con que clamó por venganza la sangre inocente de Abel.

Así pues, imaginar cómo algunos imaginan à outrance que debemos a toda costa evitar la guerra, aunque la paz así obtenida signifique la desaparición de pueblos enteros, y la injusticia campeando como el principio supremo del orden internacional, no es sino oponer a la doctrina católica el desmentido más formal que pueda oponerse. (…)

Nadie tiene dificultad para entender que la Iglesia haya predicado varias cruzadas contra el Islam, cuando éste amenazó el Santo Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo y la libertad religiosa de las poblaciones cristianas allí residentes.

Plinio Corrêa de Oliveira

“A posição do Vaticano”, Legionário, Nº 368, 01/10/1939

Compartir Artículo

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on whatsapp
Share on print

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *